viernes, 4 de noviembre de 2011

Amores perros.

      - Capítulo uno: “La piel”-

“Lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir”

Desde el primer momento supe lo ficticio de la situación. Me lo decía tu mirada. ¿Sabes? La mirada no puede mentir, aunque así lo desees para hacer de tu juego, un juego perfecto.
Poco me importó que sea mentira. Elegí correr los riesgos ¡y bien que hice!. No me importó llegar a las profundidades de tu intelecto. Sabía que eso era imposible, precisamente porque no había profundidades. Tu intelecto era perceptible a la vista de todos, tan corto, tan escaso. Eras todo lo que se veía. Eras una obviedad.  Extrañamente eso no me importó. Era otra cosa la que me obligaba a permanecer. Era un camino más corto. Todo empezaba y terminaba en tu piel. Qué importaba el lenguaje banal, la ignorancia política, el desinterés, la insensibilidad… no necesitábamos nada de eso. No necesitabas hablar, ni saber de literatura, ni ser de izquierda, ni indignarte frente al hambre del mundo. No lo necesitábamos. No importaba. Y fue extraño. Nunca me había pasado cosa semejante. Siempre había buscado intereses en común entre un hombre y yo. Me indignaba que me atrajera alguien tan superfluo. ¿Por qué? ¿Qué era? ¿Qué tenías?
Éramos animales. Era el roce de tu piel. Sentía ese nudo en la panza. Había pensado que eso no era más que un invento de la televisión. Pero no era amor. No. No era amor. Aunque lo confundí. Aunque –aun sabiendo de tus mentiras- me lo creí. Ese nudo en la panza. Ese olor. La barba. La perfección de los dientes. La barba. Tus dedos dibujando mi boca. Los detalles. Tu voz. Tu mano sacando las pelusas de mi remera. Tu pelo mojado. La camisa a cuadros. Los tatuajes. Los detalles. La cicatriz. El roce de tu piel. La barba. Los ojos. La sonrisa. Tu olor. Los rulos. Tu olor. La barba. La sonrisa. Los besos. Cómo me agarras de la cara. Por Dios, no hagas eso. Te lo suplico. No me agarres de la cara. Los besos. Tu olor. La barba. Los besos. Son perfectos. Son como me gustan. ¿Cómo haces? Son perfectos. Simples. Suaves.  Despacio. Los dientes. Blancos. Parejos. Perfectos. Tu olor la barba me agarras me tocas me encanta te alejas y te extraño necesito que me toques por dios te necesito acercate no puedo verte a un metro y no desearte la piel la piel la tuya la mía juntas necesito que estés conmigo lo necesito esas cosas que decis sin filtro sos un animal somos animales TU OLOR TU OLOR DECIME ESAS COSAS QUE ME DECIS ME ENCANTA SIENTO EL FUEGO SUBIR NO TE ALEJES SIENTO COMO EL FUEGO SUBE LA BARBA LA COMIDA LA CERVEZA EL VINO EL POSTRE EL CIGARRILLO LAS FLORES LA CAMISA  A CUADROS LA BARBA EL POOL LA CASA DEL ARBOL FUEGO LA SONRISA FUEGO LOS RULOS FUEGO LA MIRADA FUEGO QUÉ LINDO SOS POR FAVOR FUEGO ODIO QUE SEAS TAN LINDO FUEGO ODIO LA GENTE LINDA FUEGO ODIO QUE ME GUSTES TANTO FUEGO ODIO NO PODER DEJARTE FUEGO ODIO NECESITARTE FUEGO NO RESPIRO FUEGO TENE CUIDADO FUEGO NO JUEGUES FUEGO SOY SIMPLE FUEGO LOS OJOS LA BARBA EL OLOR LOS DIENTES LOS RULOS LA BARBA LA BARBA FUEGO LA PIEL ME QUEMA LA PIEL ME QUEMA LA PIEL ME QUEMA LA PIEL LA PIEL.



martes, 18 de octubre de 2011

Esto soy.

No quisiera dejar esto nunca. Y estoy muy segura de ello. Escribir, me llena. Es algo así como un círculo vicioso, porque para que algo se llene primero debe vaciarse y es eso precisamente lo que me fascina tal vez. Cuando escribe, uno se vacía. O por lo menos a mi me pasa. Te vacias. Dejas todo expuesto en aquel papel. Te desnudas. Para que luego eso se llene de contenido y de forma. Y así es con todo. Como todo funciona. La vida, digo, llenarse y vaciarse.
Creo que sé algunas cosas de mi. Creo que me siento sola, porque sola estoy. Todos lo estamos. Como humanidad, digo. ¡Qué solos estamos! Me refiero a la peor de las soledades, a esa que se siente estando sentado en medio de una fiesta con cien invitados bailando desaforadamente. Y todos estamos solos porque todos somos uno, nadie nos iguala, nadie es igual a uno. Solos con nuestras ideas y nuestras costumbres, con nuestros defectos y nuestras virtudes. Caminando. Solos. Creo que eso no va a cambiar y sé que eso me desespera. Sé que me asusta lo infrenable del tiempo y cómo todo se repite constantemente sin poderlo detener. Me asusta que los años me encuentren acá sentada escribiendo este párrafo. Sé lo absurdo y sinsentido de todo esto.
Sé también, sobre mi, que el café con leche es uno de mis grandes tesoros. Y sé que es así, porque eso creo: que la grandeza está en la simpleza. Sé que todos los días me enamoro de Luis Alberto Spinetta y estoy sorprendida de poder encontrarme en alguien tan lejano. Pero creo que eso es lo mágico del arte. Creo en el arte como un todo. Creo que el arte es mi vida. Lo sé.
Sé que debería estar escribiendo un parcial domiciliario sobre la Loa al Divino Narciso de Sor Juana. Pero sé que el deber pocas veces coincide con el querer y por eso estoy escribiendo, en cambio, este texto. Sé que –aun así- me fascina la gran historia de Sor Juana, pero me fascina cuando quiero que me fascine y cuando me lo permito. Sé que la noche me encontrará con ese parcial a medio escribir y probablemente no duerma hoy, con el fin de terminarlo. Sé que tendré mucho sueño, pero no me arrepentiré de haber usado mi tiempo para narrar esto. Creo que debemos hacer más lo que queremos que lo que debemos. Creo que la vida misma debería ser así. Dado que nada de esto tiene sentido, por lo que sería absurdo tener que padecer cosas que no queremos ni necesitamos.
Sé que me apasiona el saber, me seduce, tanto más que lo efímero del cuerpo. Sé que por eso amo los libros, sé que he encontrado en ellos un refugio y lo más lindo es cuando te podes sumergir, sin ninguna prisa. Sé que siempre quiero huir y que muchos no lo entenderían. Tal vez nadie. Creo que soy desordenada y contradictoria. Sé que mi cabeza es un caos y que he esperado mucho tiempo para escribir este texto ordenadamente. Siento que en algún momento mi cabeza va a explotar y va a haber una lluvia de rulos por todos lados. Sé que en verdad no sé nada y nada es claro, ni simple, aunque yo lo quiera y lo pregone. Sé que nunca será así y eso es lastimosamente desesperante.
Creo que la guerra más terrible que sufro es todos los días, contra mí misma. Creo que no deberíamos aferrarnos a nada. Ni a lo material ni a las personas. Que todo está en uno. Pero aún así lo hago. Sé que el amor no existe, pero amo. Sé que digo que amo y muchos se asustan porque no entienden mis formas. Creo que es porque muchos hablan del amor libre y no entienden un carajo de qué es eso. Creo que me gustaría que el mundo se vuelva más animal. Que es absurda la depilación en tanto sufrimiento innecesario para lograr un sentido de la estética estipulado por el afuera. Que es absurdo reprimirnos sexualmente en tanto necesidad del cuerpo. Que no se necesitan miles de cubiertos para alimentarse. Creo que el mundo debería ser más animal, sí, y evitar conjeturas, prejuicios y etiquetas. Que eso es lo que divide al mundo. Sé que nos reímos poco y lloramos menos. Sé que vivimos sin hacernos preguntas. Eso también me asusta.
Sé que mis delirios filosóficos asustan a mi familia. Creo que la familia es lo único que dura. Creo en sus sonrisas, en sus pasiones, en sus vaivenes, en sus ideas y en todos sus aromas. Creo que eso debe ser lo más parecido a la felicidad. Sus sonrisas. El teatro, lo pinceles, los sahumerios, la música. Cada gota de sudor que emana la carne recordándote que estás vivo y que eso no tiene ningún sentido pero que es así, aquí y ahora.





Nota al pie: se agradece al individuo que me ha inspirado para escribir este texto, en el que -pensando que nos distanciaban grandes cosas- he encontrado fuertes similitudes que de tanto en tanto me hacen olvidar de aquella soledad . El sabrá que me refiero a él.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Universos.

            A Gonzalo D.S.

Las cuatro paredes de nuestra casa serán cuatro bibliotecas, inmensas, del techo al piso, repletas de libros de distintos colores, géneros y lenguas, gordos, flacos, grandes y pequeños. En el techo habrá un enorme ventanal de vidrio blanco por el que podremos ver cómo cae la lluvia aquellos días que se empeñen en ser grises.
En el medio de la habitación, en el suelo, habrá un colchón, en donde nos tiraremos a mirar las estrellas o a alucinar con las diversas formas de las nubes, blancas, de algodón.
El ambiente será cálido. Ni frío ni caluroso. Lo necesario. Y lo inundará el aroma de los libros humedecidos por el tiempo. Tomaremos uno de ellos  todos los días y nos sumergiremos en el Universo que él nos quiera regalar. No necesitaremos nada más. Nos aislaremos del mundo. No reconoceremos otras voces más que las nuestras.
Poco a poco esos Universos se convertirán en uno solo, el nuestro. Y las historias serán nuestras también y las viviremos hasta perder la cordura y nos cantaremos canciones y nos sentaremos a esperar el día en el que, finalmente, nos encuentre la muerte, sonriendo.

domingo, 18 de septiembre de 2011

4-2

Puedo asegurar con toda certeza que nuestro sorpresivo encuentro no ha provocado en mi melancolía de ningún tipo. Aunque, desde ese entonces, no he hecho otra cosa más que soñarte. Permitime (si se quiere) dudar de aquel encuentro, demasiado oportuno para ser real. Permitime dudar de haber estado caminando por aquella avenida tan banal, ocultándome entre el gentío, fingiendo ignorar aquellas voces de mi cabeza que suponen haberte olvidado. No nos queda más que creer que aquellos segundos en los que nuestras miradas se sostuvieron, no fueron más que una travesura del destino, infrenable destino, imposible de vencer. Creo, por sobretodas las cosas, en las segundas oportunidades. Y aún tengo algunos signos de pregunta vagando por mi cabeza, esperándote. 

jueves, 25 de agosto de 2011

Sobre el amor.

                                    
     “Uno sólo conserva lo que no amarra”


Alguna vez sintió la incertidumbre de no saber si se encontraba en el lugar correcto. Es que, físicamente, sólo tenemos la posibilidad de estar en un sitio a la vez. Y, ¿cómo sabemos si ese sitio es el mejor en el que podríamos estar? Quiero decir, en el que literalmente podríamos estar. Una sola vez. Solo una. Ocurrió:
Experimentaba la hermosa sensación de estar en el momento justo, en el lugar adecuado. Seguramente era ese día en el que, dicen, los planetas se alinean y todo sale bien redondo. Vaya uno a saber. Por su parte, no lo supo sino hasta después de lo ocurrido.
Algún día de mediados de Enero le regalaba un atardecer para el recuerdo. Lejos de su cuidad natal, y relajada, caminaba por alguna plaza de Córdoba sin precisiones ni pretensiones, ni claros objetivos de búsqueda. Sólo por caminar.
Minutos antes había dudado en partir o no. Siempre duda. Pero por alguna razón que aún no hemos podido descifrar o por, naturalmente, el destino: le ganó a la apatía y salió sin más. Tal vez si le hubiera llevado un minuto más, o tal vez un minuto menos… no hubiera experimentado luego la certeza de encontrarse en el momento justo, en el lugar adecuado.  Pero esto no pudo pensarlo sino hasta después de lo ocurrido.
Córdoba le sentaba bien. Las callecitas eran de tierra, amplias y silenciosas. Llegó a aquella plaza motivada por la idea de ver una feria artesanal que allí se encontraba. Le habían hablado bien de ella. Se tomó unos minutos para observarla desde lejos y cruzó la calle. No era la mejor feria que había visitado en su vida. Apenas rozaba por debajo sus expectativas. Lámparas de tela, collares de caña, cuadros, ropa artesanal, aros, calzado tejido, atrapasueños, colgantes para decorar, títeres, instrumentos de madera, y… una voz. El corazón se le paralizó dos o tres segundos y luego comenzó a latir más fuerte y acelerado. Por un momento se observó desde afuera y percibió lo extraño de aquella situación. Aquella vez lo había encontrado en Tilcara, entre montañas y colores, entre melodías y porros, entre frutas y sonrisas. Volverse a ver, luego de un año resultaba casi impensable. ¿Es que acaso el mundo puede ser tan chiquito?
Pensó que no podría ser casualidad. Volvió en sí. Sus ojos estaban clavados en sus ojos (azules) ¡y esos dientes tan perfectos! No supo qué decir y se sintió absurda. Temió que eso se notara. Empezó a sentir un fuego adentro suyo y la adrenalina que se desataría en cualquier momento, siendo imposible de controlar. ¿El amor? Cómo saberlo. Pero ahí estaban: parados, enfrentados, mirándose a los ojos. Y se reconocieron, como si se hubieran visto el día anterior. Como si el tiempo no hubiera transcurrido. Como si el mundo ya no girara. Y fue eso lo que sintió: que todo se detenía alrededor, que todo se enfocaba en ellos dos y el resto desaparecía, se desvanecía entre la niebla. No creyó que sentir eso fuera posible, que era un invento del cine, de la ficción, pero sin embargo, allí estaba. Firme. Sonriendo. Por alguna razón debían volverse a ver, aquella tarde, en aquella plaza. Nunca imaginó cómo la frase “yo a vos te conozco” podría sonar tan hermosa. Entre tantas personas que hay en el mundo, entre tantos lugares, ellos dos, se encontraron. De nuevo. Un viento frío le recorrió la espalda. Respiró hondo y volvió. Hablaron, poco y nada. El vendía empanadas y sonreía. Sonreía. ¡Esos dientes tan perfectos! Luego se fue y ella se quedó ahí, detenida en el tiempo. No comprendía lo que acababa de suceder. Pero se sintió viva. Más que nunca. Pensó un instante en la pequeñez del mundo. Pero… ¿Por qué culpar al mundo? Con las vueltas del destino es suficiente, no hace falta achicar al mundo. Es mundo es el mundo. No es ni chico ni grande.
Caminó. Caminó. Y no pudo parar de pensar. Aquella vez se había culpado por no volver a verlo, por no tener la viveza de pedirle un contacto, un número, un lugar dónde encontrarlo, por no dejarse llevar por el hábito de acordar encuentros futuros. Tonta ella que pensó que eso sería necesario para volverlo a ver. Cuando uno acuerda encuentros futuros, le baja los calzones al destino y este, avergonzado, de vez en cuando se las cobra. Ella creyó, en un primer momento, que por no pasarse contactos lo perdería… Sin embargo, más tarde, tal vez se haya dado cuenta que lo hubiera perdido si le daba el teléfono. Y así lo ganó. Para siempre.
¡Qué hermosa que es la vida!- pensó.
Ella, pues, no era como todas aquellas otras mujeres. Se exponía constantemente a que le rompan el corazón o hagan con él lo que quisieran. La simpleza y la transparencia de su alma la dejaban al descubierto en cada mirada, en cada palabra, en cada gesto. Ella se dejaba llevar, enamorada de la vida, y se golpeaba fuerte. Su espíritu libre andaba solo, decidía por sí mismo, no estaba preso de ningún cuerpo humano. Era tan frágil que ante la maldad de cualquier alma despiadada, podía romperse en mil pedazos. Sensible. Espontánea. No pensaba mucho las cosas y se dejaba llevar. No le gustaba pensar mal de los demás… ¿quiénes somos nosotros para hacerlo?. Poco y nada le importaba caer, no media las consecuencias. ¿Por qué hacerlo? ¿Por miedo a sufrir? ¿Por qué tendría que tener miedo de sufrir? El sufrimiento es parte de la vida, y si no te arriesgas, nunca vas a saberlo. Del sufrimiento también se aprende.
Qué cosa las relaciones humanas. Somos seres extraños los humanos, de los peores que hay sobre la Tierra. La problemática central reside en lo difícil que se nos hace relacionarnos. Aunque todavía no entendemos bien por qué. Aunque, si partimos de la base, ni siquiera entendemos el por qué de esta vida, ¿para qué? ¿cómo se vive? Hagamos lo que hagamos, todos llegaremos al mismo final. Ahora bien, como no entendemos qué es la vida, ni cómo se vive. Propongo que, ya que estamos en el baile... bailemos, es decir, que la vivamos de la mejor manera posible. Con esto me refiero al disfrute. Aunque con respecto a ello hay muchas variantes y problemáticas. Los seres humanos, solemos tener grandes miedos. Aunque, tampoco entendemos por qué. ¿Miedo? "Si no me preocupé por nacer, tampoco me voy a preocupar por morir" ¿O no? ¿Miedo al sufrimiento? El sufrimiento es parte de esta vida, de él se aprende y es sano, ¿por qué no? Estar triste de vez en cuando te recuerda que estás vivo y que sentís. Te ayuda a crecer.
No hay que tener miedo. El miedo paraliza. Es lo peor. Si estás paralizado, no podes vivir, no podes actuar. Y si no actuas, estás muerto. ¿Miedo al sufrimiento? Esas serán, en tal caso, especulaciones. Uno nunca sabe cómo, dónde o por qué puede sufrir.
Propongo, entonces, volviendo al disfrute y volviendo a la acción... que la única salida para sobrellevar esta vida que no entendemos… es que nos amemos. Arriesgarse. ¿Qué perdemos? Nada. Como mucho podemos perder la vida, y si la perdemos, ¡¿qué?! si total ni siquiera sabemos qué es. Pues es ahí, en el amor, en la espiritualidad... (puntos que conviven en el arte) donde está lo que verdaderamente importa. Terminamos -queramos o no- necesitándonos los unos a los otros. Todo lo que necesitamos es amor.
Importa el hoy. El momento. Vivirlo. Sentirlo, dejarse llevar.
Mientras tanto ella regala besos y anda por ahí, soñando. Viviendo. Libre. En contra del amor establecido. En contra de aquellas leyes establecidas, conceptos erroneos en tanto relaciones de a dos. El amor como se concibe actualmente es represivo y es egoísta. Es dominación, conflicto de intereses y, como todo conflicto de intereses, se sustenta en pretensiones egoístas. Para ella, el otro es como una obra de arte, uno no tiene pretensiones egoístas ante una obra de arte, no la quiere para sí, no necesita poseerla, sólo contemplarla. Eso es el amor. Eso es el arte.